Estoy hace rato pensando cómo empezar este relato acerca de una muy fea experiencia que, el 3 de enero de este año, me tocó vivir. Y para contar lo feo debo olvidarme del día espléndido que fue hasta las tres de la tarde, hora en que empezamos a ver y sentir la tormenta que se aproximaba.
Me encuentro sentado en la barranca del río Tacuarí, el cual corre junto al poblado Plácido Rosas ( que de plácido y de rosas, esa tarde no tuvo nada). Junto a mí, está mi cuñada y su esposo. En la playa, mi hijo, mis tíos y sobrinos juegan juntos, disfrutando de un hermoso día de vacaciones.
Pero el clima comienza a cambiar. Una tormenta se avecina y creemos conveniente irnos para el campamento donde se encuentra el resto de la familia ( mi señora, mi hermano, mi cuñada, mis primos y mis sobrinos). En total somo dieciocho personas acampadas. Como ya hemos decidido, esta tarde nos volveremos para nuestras casas en Vergara (a unos 35 kilometros de Dragón) por lo cual comenzamos a desarmar algunas de las carpas y levantar parte del campamento, no la totalidad ya que mi hermano y su familia se quedarán hasta el día siguiente.
Ya cargado el equipaje, emprendemos ell regreso. El primer auto en partir es el de mi padre, en el cual viaja tambien mi madre, mi señora y mi hijo. En el segundo auto van mi concuñado y mi cuñada. Y en el tercero, mi primo con su señora y sus dos hijas de 2 y 3 años. Mi otra cuñada, su hija de 12 años y yo, nos demoramos aprontando el mate y salimos tal vez dos minutos más tarde que los demás, no demasiado preocupados con la tormenta ya que, si bien se nota que es grande, todos coincidimos en que traerá un poco de viento y mucha lluvia.
Ya con el mate pronto, emprendimos el regreso. Recorremos un distancia de no más de tres o cuatro cuadras cuando, derrepente, baja la tormenta y una profunda oscuridad gana la tarde, dejándola como noche cerrada. El viento y la lluvia comienzan a arreciar y el granizo no tarda en comenzar a caer. Su duración es breve, termina pronto. Pero no con ello la situación mejora. Al contrario, lo que todos conocemos como granizo da paso a una lluvia de piedras heladas cuyo tamaño supera el de un huevo de gallina.
Más tarde nos enteramos que hubo gente que vió caer del cielo, piedras del tamaño de huevo de ñandu.
Si bien es cierto que lo más aconsejable es no detener el auto en una tormenta de estar características, nos vemos obligados a frenar. No ha pasado ni un minuto desde que se desató la tormenta y las piedras que caen ya nos han dejado sin el parabrisas y sin los vidrios de las ventanillas laterales de lado del conductor. Además, las piedras de hielo se han acumulado entre las ruedas, impidiendo todo movimiento del vehículo.
Muchas piedras se cuelan por las ventanillas rotas, llegándonos por delante y por el costado izquierdo. Junto a mi primo, intentamos arrancar la tapa del valijero para cubrirnos con ella, pero al hacerlo, varias piedras nos golpean con fuerza, lastimándonos por todo el cuerpo.
En un momento dado, a causa de la desesperación, el nerviosismo, la impotencia y el miedo, mi cuñada abre la puerta y sale del auto, quedando a merced de la lluvia de hielo. Una de las piedras que la golpea la lastima de tal manera que, horas más tarde, ya en el hospital, le aplican dos ganchos para cerrar la herida. Ella se encuentra ahora de rodillas en el suelo, medio atontada por los golpes, sin saber qué hacer, mientras la ferocidad del clima la sigue golpeando. En un intento por traerla de regreso al auto, corro afuera y las piedras me lastiman en los hombros y la cabeza. A duras penas logramos volver a la relativa protección del vehículo.
Soportamos el aluvión por espacio de unos dos minutos, tal vez más, bajo un ruido ensordecedor de los hielos que impactan el suelo y los autos con una velocidad incalculable.
Finalmente la tormenta de piedras cesa, pero la lluvia no. Temblando de frío y del susto, bajo junto a mi primo, los dos rengos por los golpes recibidos y él casi sin poder mover la mano derecha a causa de las heridas provocadas por los golpes. Retiramos las piedras acumuladas en las ruedas (entre 50 y 60 centímetros de hielo) y logramos poner en marcha el motor. Muy lentamente, avanzamos rumbo a la ruta 18, entre una espesa niebla que apenas nos permite ver unos ocho o diez metros adelante.
Además, el peligro se hace mayor ya que transitamos sobre una espesa capa, por lo menos 10 a 15 centímetros, de piedras de hielo.
El frío ese intenso, pero la sensación es aún peor. En menos de media hora la temperatura descendión de unos 32 grados centígrados a congelantes 3 o 4 grados bajo cero.
Llegamos a Vergara. Preocupado, le digo a mi padre para volver en busca de mi hermano que había quedado en el monte.MIentras, mi primo y mi cuñada eran llevados al hospital local para ser curados.
Volvemos al monte y encontramos a mi hermano en el preciso lugar en el cual la tormenta nos habá agarrado poco rato antes. El cielo se ha despejado y ahora podemos ver alrededor nuestro: sólo hay hielo. Esto parece una película filmada en el polo.
Mientras regresamos a Vergara, una nueva tormenta nos sorprende. Esta vez el granizo no es demasiado, pero el agua cae en cantidades insólitas.
Como en una película de terror, nuestro día de vacaciones en familia se convirtió en una verdadera pesadilla.Mi cuñado sufrió múltiples lastimaduras ocasionadas por las piedras; mi cuñada resultó herida en la cabeza y los hombros; mi primo en la espalda,brazos,manos y piernas. Y yo también en la espalda, cabeza, parte del abdomen, brazos y piernas. Los autos quedaron destrozados.
Pero no fuimos los únicos perjudicados por el sorpresivo fenómeno. El poblado de Plácido Rosas se vio seriamente dañado: 180 de sus aproximadamente 200 casas quedaron sin techo, la mayoría con los muebles y electrodomésticos destrozados. Arboles y plantaciones arruinados. Más de 200 ovejas muertas. También aparecieron vacas, caballos, perros y aves como patos, masaricos, caranchos,cigueñas y ñandúes, entre otras especies.
Si esto resulta feo de contar, imagine el lector lo feo que resultó vivirlo. Sinceramente deseo que ojalá nunca tengan que atravesar una experiencia como ésta.
Con afecto.
Alvaro Dávila
Vergara,Departamento de Treinta y Tres.
Uruguay.
Fuente: revista Creditel, año 5, nº44, marzo 2006, págs. 11 y 12